
Estudio bíblico Por Bill H. Reeves
Una doctrina católica romana contrastada con la enseñanza de la Biblia.
Prefacio:
Este tratado fue escrito originalmente en año 1949 en Torreón, Coah., México. Mi hermano en la fe, Pedro R. Rivas, un gran erudito, me ayudó en la compostura de él. Cuando se agotó la primera impresión, quedó fuera de circulación.
Ahora, después de 46 años, lo ponemos en circulación de nuevo, y espero que sirva al lector sincero de información importante en su búsqueda de la verdad.
Bill H. Reeves
1. María, como está descrita en el Nuevo Testamento
Las descripciones de María dadas en el Nuevo Testamento, se distinguen de la María de la Iglesia Católica Romana tanto como la realidad se distingue de la mitología, o como el Abraham verdadero difiere de los cuadros medievales que le representaron vestido como un rey, con un templo y su campanario en el fondo.
¿Cómo se presenta María en las Escrituras? ¿Aceptaremos la evidencia de la Biblia, o el cuadro pintado por las teologías especulativas y la imaginación religiosa? Vamos al testimonio de las Sagradas Escrituras.
La Revelación Divina ha escogido pasar por alto la historia del nacimiento y de la muerte de María, la madre de Jesús. Lo poco que de ella es registrado, se aprende en conexión con Cristo. Es llamada a veces “la madre de Jesús”, y Elisabet le llamó “la madre de mi Señor” y le llamó “bendita tú entre las mujeres.” Otros pasajes dicen “María tu mujer” y “muy favorecida.”
En las pocas escenas en que María tuvo parte en el ministerio de Cristo, ocupó la relación de cualquier otra madre a su hijo. En las bodas de Caná de Galilea, dijo Jesús a su madre, “¿Qué tengo contigo, mujer” (Juan 2:4), indicando así que su misión divina envolvió una obligación más alta que la de un hijo a su madre. Cuando fue avisado que su madre y sus hermanos estaban fuera, deseando hablarle, Cristo elevó las relaciones espirituales sobre las materiales, haciendo la pregunta: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos” (Mateo 12:46-49).
En otra ocasión una mujer dijo a Cristo: “Bienaventurado el vientre que le trajo.” Cristo contestó, “Antes bienaventurados los que oyen la palabra de Dios, y la guardan” (Locas 11:27,28). ¿Podemos negar que Cristo pusiera más énfasis en obedecerle que en considerarle en su relación humana como hijo de María? Además, colgado en la cruz, Cristo encargó a Juan que cuidara a su madre, diciendo: “Mujer, he ahí tu hijo”, y a Juan dice, “He ahí tu madre” (Juan 19:26, 27).
De las narraciones del Evangelio no sabemos más que lo ya mencionado. Una sola vez en el resto del Nuevo Testamento encontramos su nombre, Hechos 1:14, “María la madre de Jesús.” Aunque no mencionada por su nombre, en Gálatas 4:4 se hace referencia de ella así: “Dios envió su Hijo, hecho de mujer.”
Si María fue digna de ser llamada “la madre de Dios”, es cosa extraña que ese título no fuera empleado por los apóstoles, o, si fue ella objeto digno de adoración, que los apóstoles, que hablaron tanto de la adoración y de la creación, no mencionaran nada acerca de la mediación de María ni de oraciones ofrecidas a ella. No hubo razón alguna por qué ellos omitieran los oficios que la Iglesia Romana ha aplicado a ella.
Voces que claman en el desierto